domingo, 19 de octubre de 2014

Aleg(o)rías

Esos que te dijeron que no existen altos en el camino y que hagas lo que hagas la vida no se detiene por nada, esos de alma ciega, no contemplaron nunca la grandiosidad de un atardecer con el sonido de las olas adormiladas bajo las nubes como aderezo. 

Cada día el tiempo se detiene junto con el vuelo de las gaviotas que cesan de rasgar el cielo con sus níveas alas, llenas de salitre y libertad.
Como guiadas por un silencio natural, se posan sobre las rocas, sobre los postes de madera del viejo paseo marítimo, sobre los tejados que más tarde otros llenarán de maullidos y romanticismo y pequeñez.

Entonces, ignorando el ajetreo mundano, el Sol comienza a teñir el algodón del color del salmón que, ahumado entre cigarrillos, se dispone a comer el viudo del quinto.
Se prenden el cielo y el mar, y el rostro del desenamorado que espera a que el dulce calor de los últimos rayos devuelva un poco de vida a su corazón y un poco de corazón a su vida, mientras, sentado en la balaustrada, balancea las piernas y la sonrisa.

Con urgencia imperceptible, las nubes se tornan en montañas humeantes cubiertas de fuego sobrenatural, sangriento como las almas y fantasmas que acompañan a los desesperanzados.

Si entonces te detienes a escuchar, encontrarás traducido en oleaje el latir de los corazones contemplativos que, ignorados en la intensa e inquisidora luz diurna, solamente encuentran oportunidades entre la delicadeza de violetas, malvas y lilas para alzar la pasión y brindar.

Y, tras la huida del Sol, ante la sobrecogedora escena en la que el éter se remanga y muestra los cardenales que se escondían tras el esplendor y la gloria, las gaviotas retoman su vuelo, esta vez solemne, conmocionadas por la elegante brutalidad de la existencia que a diario tratamos de ignorar entre (p)risas.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Grandiosocaso


Resuenan tambores aquí y allá (y las cuerdas se tensan) 
y los golpean exaltados, y la tensión aumenta y los oídos vibran.
Y  dejan de escuchar el aire sibilante de la caída.

Arden mis manos de niña, y aún así me agarro a la cuerda hiriéndome las palmas con el roce del esparto.
No es caer lo que me asusta, sino desmoronarme en ideales desvalidos, 
no saber dónde me esperarán cientos de manos ansiosas de enredarme el corazón con palabras mudas que irán lentamente saliendo de mi boca, como si fuera un loco en un trance cuerdo.

Si no me afianzo a la soga, emitiendo un rugido desesperado de poder, desarticulando lo previsto en una ciega lucha contra no sé qué (contra mí misma, tal vez),
no hay esperanza, ya sea rodeándome el cuello con ella 
o el alma.



Gran espectáculo el nuestro
ese en el que, derribándonos, alcanzamos por fin tierra firme acogidos entre rayos y truenos,
para acabar formando parte de la tormenta y la fe.