Cada día el tiempo se detiene junto con el vuelo de las gaviotas que cesan de rasgar el cielo con sus níveas alas, llenas de salitre y libertad.
Como guiadas por un silencio natural, se posan sobre las rocas, sobre los postes de madera del viejo paseo marítimo, sobre los tejados que más tarde otros llenarán de maullidos y romanticismo y pequeñez.
Entonces, ignorando el ajetreo mundano, el Sol comienza a teñir el algodón del color del salmón que, ahumado entre cigarrillos, se dispone a comer el viudo del quinto.
Se prenden el cielo y el mar, y el rostro del desenamorado que espera a que el dulce calor de los últimos rayos devuelva un poco de vida a su corazón y un poco de corazón a su vida, mientras, sentado en la balaustrada, balancea las piernas y la sonrisa.
Con urgencia imperceptible, las nubes se tornan en montañas humeantes cubiertas de fuego sobrenatural, sangriento como las almas y fantasmas que acompañan a los desesperanzados.
Si entonces te detienes a escuchar, encontrarás traducido en oleaje el latir de los corazones contemplativos que, ignorados en la intensa e inquisidora luz diurna, solamente encuentran oportunidades entre la delicadeza de violetas, malvas y lilas para alzar la pasión y brindar.
Y, tras la huida del Sol, ante la sobrecogedora escena en la que el éter se remanga y muestra los cardenales que se escondían tras el esplendor y la gloria, las gaviotas retoman su vuelo, esta vez solemne, conmocionadas por la elegante brutalidad de la existencia que a diario tratamos de ignorar entre (p)risas.