Resuenan tambores aquí y allá (y las cuerdas se tensan)
y los golpean exaltados, y la tensión aumenta y los oídos vibran.
Y dejan de escuchar el aire sibilante de la caída.
Arden mis manos de niña, y aún así me agarro a la cuerda hiriéndome las palmas con el roce del esparto.
No es caer lo que me asusta, sino desmoronarme en ideales desvalidos,
no saber dónde me esperarán cientos de manos ansiosas de enredarme el corazón con palabras mudas que irán lentamente saliendo de mi boca, como si fuera un loco en un trance cuerdo.
Si no me afianzo a la soga, emitiendo un rugido desesperado de poder, desarticulando lo previsto en una ciega lucha contra no sé qué (contra mí misma, tal vez),
no hay esperanza, ya sea rodeándome el cuello con ella
o el alma.
Gran espectáculo el nuestro
ese en el que, derribándonos, alcanzamos por fin tierra firme acogidos entre rayos y truenos,
para acabar formando parte de la tormenta y la fe.
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