lunes, 16 de abril de 2012

La búsqueda.

Miles de voces se agolpaban en mi mente formando un murmullo bastante molesto, parecía que aquello me impedía pensar con claridad. Intenté revolver entre mis recuerdos, pero no, allí no estaba.
¿Dónde podía haberse metido aquello que años atrás había perdido?
Salí a la calle, convencido de que allí lo hallaría.
En cuanto me adentré en aquel mar de personas, ignorantes de la situación en la que me encontraba, cada uno en su mundo interior, con sus problemas, sus felicidades, con sonrisas dibujadas en la cara o lágrimas cayendo silenciosamente por las mejillas, sentí una sensación solo comparable con el vacío, el vacío que se siente cuando no sabes quién eres realmente, qué ha sio de tus sueños, de tu vida...
Avancé lentamente entre el bullicio, tenía la ligera sensación de que el mundo a mi alrededor se movía con gran rapidez, pero ante mis ojos, lo único que veía eran cuerpos inanimados, movidos por el viento. Yo era uno de ellos, pero no iba a permitir que el mundo manejase mis hilos de títere.
Inesperadamente percibí un dolor punzante en el hombro, tan absorto como iba, no me dí cuenta de que acababa de tropezar con la elevación que habían formado las baldosas del suelo al resquebrajarse y mi hombro fue a parar al mango del paraguas que un hombre de edad avanzada utilizaba a modo de bastón. Me disculpé y me mantuve en pie allí unos instantes, tratando de tomar una decisión.
Pensé que la mejor elección sería sentarme y esperar a que el dolor calmara, así pues, me senté, allí mismo, en el escalón de una finca cualquiera, en una calle desconocida para mí, al fin y al cabo ¿qué importa el nombre de las cosas si no puedes entrever su esencia, eso que hace especiales los objetos, los lugares, las personas... eso que las hace inconfundibles?
Estaba desesperado, pues aquella interminable búsqueda m estaba dejando sin fuerzas, y lo peor de todo, mi esperanza iba mermando, tal y como el fuego va consumiendo un cigarrillo, convirtiéndolo en simple humo y ceniza.
Paseé mi mirada por la multitud, en busca de una señal que me indicase que había alguien allí, sin embargo lo único que conseguí fue que mi enfado pasase a ser cólera, me alcé, y le gité al mundo, ¿dónde estaban todos? ¿dónde estaban las risas, las miradas de ternura, las lágrimas de verdadera tristeza? ¿Pues qué era aquello que los títeres mostraban en sus rostros sino una simple mueca pintada en sus caras?
Ya de vuelta a casa, con el rostro empapado en llanto, pero aún así atento, porque aún quedaba un rayo de esperanza, cuando estaba a punto de rendirme lo ví, ví el brillo en sus ojos, ese brillo que me decía que aquel hombre, era pobre, pero rico al mismo tiempo, pues había encontrado lo que yo andaba buscando.
Así que me acerqué a él:
-Amigo, no tengo limosna para darte, lo he perdido todo, me he perdido incluso a mí mismo. Aunque...-dije mientras me quitaba la chaqueta- toma, supongo que es mejor que nada.
El mendigo alzó la vista hacia mí, pero no dijo una sola palabra, le tendí mi chaqueta, y, al ver que no hacía ademán de cogerla, se la eché sobre los hombros.
-Gracias- murmuró él para mi sorpresa, pues yo ya pensaba que le había privado del habla.
-¿Me... me podrías ayudar? ¿Dónde lo encontraste?- le pregunté al fin.
El hombre no dijo nada pero, esta vez, alzó su mano y señaló al escaparate de una tienda. Yo, perplejo, me apróximé a la vitrina, estaba repleta de anticuados juguetes, ya en desuso, que hace años habrían hecho las delicias de los más pequeños.
"¿En una tienda de antigüedades?"`pensé.
Y entonces lo ví, estaba justo frente a mí, empapado por la lluvia, sin chaqueta, muerto de frío. UN chico delgado, de ojos verdes, pelo negro y lacio, mirándome directamente a los ojos, e inesperadamente, sus labios se tensaron formando una línea curva, una tenue sonrisa.
Me dí la vuelta para darle las gracias a aquel hombre, pero había desaparecido sin dejar rastro, solamente mi chaqueta, colgada sutilmente en el extremo del banco que estaba situado a mi derecha daba prueba de que no eran imaginaciones mías.
Volí a sonreír y dí las gracias al viento, para que éste las llevase dondequiera que él estuviese ahora.
Miré por última vez al reflejo de la vitrina.
Ahí estaba, yo.
Me había encontrado por fin.

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