En realidad nunca lo odié, odiaba pensar que no podría
compartir esos sentimientos con nadie.
Soñaba con poder escuchar canciones de amor y sentir
realmente lo que cantaban.
Soñaba con querer.
Aspiraba los días como lo hacen los soñadores, esperando su
turno de noche. Construía a mi alrededor un mundo idealizado, hecho de
esperanzas.
Esperanzas que tú fuiste recogiendo y me devolviste,
convirtiéndolas en promesas de una utopía tangible. Si el destino existe, me atreveré a decir que
es caprichoso o, cuando menos, sabio.
Pero nadie me dijo que el amor podía esconder el miedo en su
reverso. Una vez lo tienes, perderlo es un pensamiento inconcebible. Mi
corazón, insensato de él, me susurra con latidos acelerados al oído, intentando
impedir que escuche los pocos pensamientos cuerdos que salen de mi mente. Pues
ella es la única que lucha contra los sentimientos.
Sin embargo el brillo de tus ojos ciega mi razón, y el saber
que soy el motivo de tu sonrisa y de tu mirada rutilante me embriaga.
Tengo miedo de tenerte y herirte, de perderte. Al fin y al
cabo soy una simple aprendiz en este arte, y todos al principio cometemos
errores, pero no quiero cometerlos contigo. Tal vez esa obsesión mía por la
perfección es lo que me marchita.
Solo quería pedirte perdón por robarte el corazón pero
no un beso.
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