sábado, 3 de mayo de 2014

Dejar de ser.

Quiero no ser yo. Así de simple. Quiero otra mente, que pueda verlo todo desde otro punto de vista. Quiero otros sentimientos, o tal vez los mismos pero sentidos de otra manera.
Quiero poder golpearme y no sentirlo, porque ya no sería mi piel. Sería la carne de un humano más, y podría golpearla hasta dejar que en su superficie floreciera una miríada de moraduras, que dejase la piel tintada de un bonito color violáceo. Hacer de mi cuerpo, que ya no es mío, una obra de arte pintada por vestigios de dolor.
Deseo dejar de ser yo, porque la melancolía ya no se lleva y lo bohemio es ahora una moda más.
He intentado llenar mi interior del sonido de las risas contagiosas, del perfume de la tierra mojada, del infinito que se siente en momentos brillantes, y de la inmensidad del cielo y el océano. En fin, de todas esas cosas que las almas suelen utilizar para completar el vacío de sus vidas. Pero no es suficiente.
Probablemente nunca moví un dedo y todo lo he soñado, pero era todo tan real que hubiese podido lanzarme al vacío y sentir el duro impacto, y morir en nuestra realidad.

No me preguntes por qué no pinto vidas en vez de mi piel, porque nunca he dejado de ser un pincel encerrado en el estuche de algún viejo artista que murió antes de ver su obra completa e ignorada. Las palabras se las lleva el viento y los actos nuestra maldita memoria, que nunca ha dejado de ser humana y tan fácilmente manipulable...
Si dejase de ser yo posiblemente podría encontrar entonces los tonos y lienzos adecuados.

Alejémonos de convencionalismos, no te tomes la molestia de intentar hacer sonar tiernas palabras que ya han perdido su dulzura entre el café servido a nostálgicos, poetas forzados a estar en primera línea de batalla y personas en su último estertor de felicidad, en el claroscuro del asiento más solitario del salón.
Al fin y al cabo ya no hay nada más bello que hacer con un cigarro al que se le ha prendido fuego, que dejarlo consumirse y contemplar el humo ascender a medida que un pequeño resplandor anaranjado y rojizo avanza sobre él hasta que acaba con toda su solidez, dejando una estructura completa de ceniza, frágil y efímera.

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