jueves, 3 de abril de 2014

Déjame dormir.

Tengo los ojos cerrados.
Es de lo único de lo que soy consciente. Tengo los ojos cerrados y de repente siento que soy. Soy y no soy, porque lo único que sé es que tengo los ojos cerrados y que cientos de puntitos parpadeantes se acercan a mí. La oscuridad me sopla purpurina a los ojos.
Si no fuese por la sensación que me embarga, juraría que estoy mirando al universo a los ojos, pero en pocos segundos, o unos cuantos minutos, porque puedo asegurar que en esta oscuridad el tiempo no existe, descubro que me estoy mirando a mí misma.
Sé que las partículas de colores que las tinieblas me están mostrando son los cientos de cristales de los que estoy compuesta, y que solamente mi piel los retiene, suficientemente resistente para no dejarse ser atravesada por ellos, pero demasiado sensible para soportar sin dolor la tortura de estar compuesta por cristal.
No soy cristal, soy un saco lleno de vidrios rotos y cortantes, que reducen a polvo todo aquello que entra dentro de mí, dejándome vacía y llena, sintiendo y sin sentir.

Allende mi cuerpo sé que está sonando un reloj, cuyo cansino e impecable tic-tac concuerda con el parpadeo de las pequeñas luces que veo en la pantalla en que mis párpados se han convertido.

Tras 14400 segundos, contados por mi piel, llega por fin el momento de darle una calada al tallo de espino, y otra, y otra. Y otra. El resultado es inmediato y el humo punzante disipa el polvo cristalino, llenando además de astillas todas las heridas que el cristal me ha dejado. Es la mayor integridad a la que puedo aspirar. Una plenitud dolorosa, pero que hace al vacío reducirse a un todo.
Que me permite dormir por fin.

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