¿Es que no entiendes que puedo convertirme en estatua y no poder desatar la potencia?
El corazón se acelera y noto que la vida se concentra en ese pequeño espacio que me oprime, y no entiendo que me mires y veas sangre en mis labios porque bien podría habérseme escapado por los ojos o haberse evaporado en el infierno en que me convierto. Cada latido es un impacto más duro contra la piedra, que en lugar de resquebrajarse se endurece más y más a la vez que se enciende, desactivando toda capacidad de raciocinio, y entonces ni actuar ni pensar puedo con claridad.
Solo ver lo que me rodea acercándose a velocidad de estrella fugaz, mil objetos y momentos a los que no puedo pedir más que el deseo de que cese el tambor o de que alguien sienta el incendio bajo la tensión muscular y me lance contra el suelo para dejar escapar el vapor apresado. ¿No entiendes que a veces el dolor solamente se cura con dolor? Y que una caricia puede ser tan lacerante como un cristal roto...
Aunque si la benevolencia de ave mutilada te conduce alguna vez a escucharme, utiliza un espejo. Que el espíritu descubra su luminosidad y se ciegue, que la conciencia muera entre gritos de éxtasis.
miércoles, 21 de octubre de 2015
domingo, 19 de octubre de 2014
Aleg(o)rías
Esos que te dijeron que no existen altos en el camino y que hagas lo que hagas la vida no se detiene por nada, esos de alma ciega, no contemplaron nunca la grandiosidad de un atardecer con el sonido de las olas adormiladas bajo las nubes como aderezo.
Cada día el tiempo se detiene junto con el vuelo de las gaviotas que cesan de rasgar el cielo con sus níveas alas, llenas de salitre y libertad.
Como guiadas por un silencio natural, se posan sobre las rocas, sobre los postes de madera del viejo paseo marítimo, sobre los tejados que más tarde otros llenarán de maullidos y romanticismo y pequeñez.
Entonces, ignorando el ajetreo mundano, el Sol comienza a teñir el algodón del color del salmón que, ahumado entre cigarrillos, se dispone a comer el viudo del quinto.
Se prenden el cielo y el mar, y el rostro del desenamorado que espera a que el dulce calor de los últimos rayos devuelva un poco de vida a su corazón y un poco de corazón a su vida, mientras, sentado en la balaustrada, balancea las piernas y la sonrisa.
Con urgencia imperceptible, las nubes se tornan en montañas humeantes cubiertas de fuego sobrenatural, sangriento como las almas y fantasmas que acompañan a los desesperanzados.
Si entonces te detienes a escuchar, encontrarás traducido en oleaje el latir de los corazones contemplativos que, ignorados en la intensa e inquisidora luz diurna, solamente encuentran oportunidades entre la delicadeza de violetas, malvas y lilas para alzar la pasión y brindar.
Y, tras la huida del Sol, ante la sobrecogedora escena en la que el éter se remanga y muestra los cardenales que se escondían tras el esplendor y la gloria, las gaviotas retoman su vuelo, esta vez solemne, conmocionadas por la elegante brutalidad de la existencia que a diario tratamos de ignorar entre (p)risas.
miércoles, 15 de octubre de 2014
Grandiosocaso
Resuenan tambores aquí y allá (y las cuerdas se tensan)
y los golpean exaltados, y la tensión aumenta y los oídos vibran.
Y dejan de escuchar el aire sibilante de la caída.
Arden mis manos de niña, y aún así me agarro a la cuerda hiriéndome las palmas con el roce del esparto.
No es caer lo que me asusta, sino desmoronarme en ideales desvalidos,
no saber dónde me esperarán cientos de manos ansiosas de enredarme el corazón con palabras mudas que irán lentamente saliendo de mi boca, como si fuera un loco en un trance cuerdo.
Si no me afianzo a la soga, emitiendo un rugido desesperado de poder, desarticulando lo previsto en una ciega lucha contra no sé qué (contra mí misma, tal vez),
no hay esperanza, ya sea rodeándome el cuello con ella
o el alma.
Gran espectáculo el nuestro
ese en el que, derribándonos, alcanzamos por fin tierra firme acogidos entre rayos y truenos,
para acabar formando parte de la tormenta y la fe.
domingo, 22 de junio de 2014
Frío.
El frío pasa y los inviernos se quedan, con escarcha en los labios y sonrisas de cera...
y helado frenesí tiznando sus manos.
y helado frenesí tiznando sus manos.
sábado, 3 de mayo de 2014
Dejar de ser.
Quiero no ser yo. Así de simple. Quiero otra mente, que pueda verlo todo desde otro punto de vista. Quiero otros sentimientos, o tal vez los mismos pero sentidos de otra manera.
Quiero poder golpearme y no sentirlo, porque ya no sería mi piel. Sería la carne de un humano más, y podría golpearla hasta dejar que en su superficie floreciera una miríada de moraduras, que dejase la piel tintada de un bonito color violáceo. Hacer de mi cuerpo, que ya no es mío, una obra de arte pintada por vestigios de dolor.
Deseo dejar de ser yo, porque la melancolía ya no se lleva y lo bohemio es ahora una moda más.
He intentado llenar mi interior del sonido de las risas contagiosas, del perfume de la tierra mojada, del infinito que se siente en momentos brillantes, y de la inmensidad del cielo y el océano. En fin, de todas esas cosas que las almas suelen utilizar para completar el vacío de sus vidas. Pero no es suficiente.
Probablemente nunca moví un dedo y todo lo he soñado, pero era todo tan real que hubiese podido lanzarme al vacío y sentir el duro impacto, y morir en nuestra realidad.
No me preguntes por qué no pinto vidas en vez de mi piel, porque nunca he dejado de ser un pincel encerrado en el estuche de algún viejo artista que murió antes de ver su obra completa e ignorada. Las palabras se las lleva el viento y los actos nuestra maldita memoria, que nunca ha dejado de ser humana y tan fácilmente manipulable...
Si dejase de ser yo posiblemente podría encontrar entonces los tonos y lienzos adecuados.
Alejémonos de convencionalismos, no te tomes la molestia de intentar hacer sonar tiernas palabras que ya han perdido su dulzura entre el café servido a nostálgicos, poetas forzados a estar en primera línea de batalla y personas en su último estertor de felicidad, en el claroscuro del asiento más solitario del salón.
Al fin y al cabo ya no hay nada más bello que hacer con un cigarro al que se le ha prendido fuego, que dejarlo consumirse y contemplar el humo ascender a medida que un pequeño resplandor anaranjado y rojizo avanza sobre él hasta que acaba con toda su solidez, dejando una estructura completa de ceniza, frágil y efímera.
Quiero poder golpearme y no sentirlo, porque ya no sería mi piel. Sería la carne de un humano más, y podría golpearla hasta dejar que en su superficie floreciera una miríada de moraduras, que dejase la piel tintada de un bonito color violáceo. Hacer de mi cuerpo, que ya no es mío, una obra de arte pintada por vestigios de dolor.
Deseo dejar de ser yo, porque la melancolía ya no se lleva y lo bohemio es ahora una moda más.
He intentado llenar mi interior del sonido de las risas contagiosas, del perfume de la tierra mojada, del infinito que se siente en momentos brillantes, y de la inmensidad del cielo y el océano. En fin, de todas esas cosas que las almas suelen utilizar para completar el vacío de sus vidas. Pero no es suficiente.
Probablemente nunca moví un dedo y todo lo he soñado, pero era todo tan real que hubiese podido lanzarme al vacío y sentir el duro impacto, y morir en nuestra realidad.
No me preguntes por qué no pinto vidas en vez de mi piel, porque nunca he dejado de ser un pincel encerrado en el estuche de algún viejo artista que murió antes de ver su obra completa e ignorada. Las palabras se las lleva el viento y los actos nuestra maldita memoria, que nunca ha dejado de ser humana y tan fácilmente manipulable...
Si dejase de ser yo posiblemente podría encontrar entonces los tonos y lienzos adecuados.
Alejémonos de convencionalismos, no te tomes la molestia de intentar hacer sonar tiernas palabras que ya han perdido su dulzura entre el café servido a nostálgicos, poetas forzados a estar en primera línea de batalla y personas en su último estertor de felicidad, en el claroscuro del asiento más solitario del salón.
Al fin y al cabo ya no hay nada más bello que hacer con un cigarro al que se le ha prendido fuego, que dejarlo consumirse y contemplar el humo ascender a medida que un pequeño resplandor anaranjado y rojizo avanza sobre él hasta que acaba con toda su solidez, dejando una estructura completa de ceniza, frágil y efímera.
jueves, 3 de abril de 2014
Déjame dormir.
Tengo los ojos cerrados.
Es de lo único de lo que soy consciente. Tengo los ojos cerrados y de repente siento que soy. Soy y no soy, porque lo único que sé es que tengo los ojos cerrados y que cientos de puntitos parpadeantes se acercan a mí. La oscuridad me sopla purpurina a los ojos.
Si no fuese por la sensación que me embarga, juraría que estoy mirando al universo a los ojos, pero en pocos segundos, o unos cuantos minutos, porque puedo asegurar que en esta oscuridad el tiempo no existe, descubro que me estoy mirando a mí misma.
Sé que las partículas de colores que las tinieblas me están mostrando son los cientos de cristales de los que estoy compuesta, y que solamente mi piel los retiene, suficientemente resistente para no dejarse ser atravesada por ellos, pero demasiado sensible para soportar sin dolor la tortura de estar compuesta por cristal.
No soy cristal, soy un saco lleno de vidrios rotos y cortantes, que reducen a polvo todo aquello que entra dentro de mí, dejándome vacía y llena, sintiendo y sin sentir.
Allende mi cuerpo sé que está sonando un reloj, cuyo cansino e impecable tic-tac concuerda con el parpadeo de las pequeñas luces que veo en la pantalla en que mis párpados se han convertido.
Tras 14400 segundos, contados por mi piel, llega por fin el momento de darle una calada al tallo de espino, y otra, y otra. Y otra. El resultado es inmediato y el humo punzante disipa el polvo cristalino, llenando además de astillas todas las heridas que el cristal me ha dejado. Es la mayor integridad a la que puedo aspirar. Una plenitud dolorosa, pero que hace al vacío reducirse a un todo.
Que me permite dormir por fin.
Es de lo único de lo que soy consciente. Tengo los ojos cerrados y de repente siento que soy. Soy y no soy, porque lo único que sé es que tengo los ojos cerrados y que cientos de puntitos parpadeantes se acercan a mí. La oscuridad me sopla purpurina a los ojos.
Si no fuese por la sensación que me embarga, juraría que estoy mirando al universo a los ojos, pero en pocos segundos, o unos cuantos minutos, porque puedo asegurar que en esta oscuridad el tiempo no existe, descubro que me estoy mirando a mí misma.
Sé que las partículas de colores que las tinieblas me están mostrando son los cientos de cristales de los que estoy compuesta, y que solamente mi piel los retiene, suficientemente resistente para no dejarse ser atravesada por ellos, pero demasiado sensible para soportar sin dolor la tortura de estar compuesta por cristal.
No soy cristal, soy un saco lleno de vidrios rotos y cortantes, que reducen a polvo todo aquello que entra dentro de mí, dejándome vacía y llena, sintiendo y sin sentir.
Allende mi cuerpo sé que está sonando un reloj, cuyo cansino e impecable tic-tac concuerda con el parpadeo de las pequeñas luces que veo en la pantalla en que mis párpados se han convertido.
Tras 14400 segundos, contados por mi piel, llega por fin el momento de darle una calada al tallo de espino, y otra, y otra. Y otra. El resultado es inmediato y el humo punzante disipa el polvo cristalino, llenando además de astillas todas las heridas que el cristal me ha dejado. Es la mayor integridad a la que puedo aspirar. Una plenitud dolorosa, pero que hace al vacío reducirse a un todo.
Que me permite dormir por fin.
sábado, 29 de marzo de 2014
¿Dónde está?
La chica sin cabeza mira a través de la ventana. Los sentimientos entran dentro de la habitación y rozan su piel.
La atraviesan y le hacen sangrar lágrimas dulces que inundan sus venas. Allí donde hubiese estado su cabeza, o donde antaño se encontraba, si es que la había tenido alguna vez, hace bailar sus manos al ritmo que marcan los sentimientos, y el tiempo comienza a danzar a su alrededor, con sus segundos desligados entre sí:
Un vendaval de emociones le hace describir movimientos suaves y descompasados, que de tanto en tanto se convierten en golpes, en espasmos que convierten sus brazos en ramas entumecidas movidas por un viento que no siente.
Comienza a llover y la chica sin cabeza siente el extraño calor de la lluvia veraniega, el impacto de las gotas que se adhieren a su piel como si siempre le hubiesen pertenecido y quisiesen penetrar de nuevo en el que había sido su hogar hasta que la chica sin cabeza había dejado de creer que tenía una.
El viento cesa y el aire se torna pesado, el aire pesado e irrespirable del día más caluroso del verano, en el que dar un paseo se torna un cansado bracear entre la humedad del ambiente.
Entonces siente como una fina película comienza a cubrirla por completo, adhiriéndose a ella, asfixiándola.
Se ve obligada a tirarse al suelo y retorcerse para intentar aliviar la presión que la inyección de agua provoca en cada poro de su corteza.
Las gotas de lluvia corren ahora por su sangre, y la chica sin cabeza llora con la desesperación de alguien que se da cuenta de que nunca tuvo lo que creyó tener, de que el pasado es el futuro y el futuro solamente es un vacío que no podrá llenar nunca.
Grita sacando la voz de su estómago, un estómago lleno de agua y barcos de papel naufragados que una vez tragó con la esperanza de que los sueños que había escrito en ellos zarpasen hacia la eternidad dentro de ella.
"Caza mi alma, apresúrate. Cázala para que pueda saber que una vez fue libre, cázala para que pueda liberarla."
Se ha convertido en el rompeolas de la vida, y el mar que azota su alma hace ya tiempo que desgastó su sonrisa. Pero ahí está la chica sin cabeza, gritando por encontrarse, por conseguir rasgar sus cuerdas y sacar una melodía a su voz.
Lo que desconoce es que sin boca nadie podrá escucharla, sin ojos nadie podrá retirar la cortina tras sus pupilas para sumergirse con ella en la marea que la ahoga, sin nariz no podrá respirar el aire fresco tras ser rescatada, y que sin oídos, no podrá escuchar respuesta alguna.
Y, por desgracia, nunca tuvo lo que creyó tener.
domingo, 17 de febrero de 2013
"Trabajaré más fuerte."
Se sentó frente al ordenador y se quedó mirando fijamente el teclado, paseando sus ojos por las teclas, cuyas letras apenas se llegaban a distinguir debido a un uso continuado. Hacía tiempo que no se atrevía a enfrentarse a ese miedo, el miedo a la mediocridad, a la falta de imaginación, al fracaso.
Suspiró y comenzó a tamborilear con sus dedos: asdfñlkj.
Todos los sueños que antes veía tan próximos, ahora estaban a miles de esfuerzos de distancia. Sí, esfuerzos. Sacrificio. Se había rendido nada más empezar y todo el camino que podría haber recorrido mientras pensaba en el tiempo que estaba perdiendo, se había llenado de maleza. Divisar su fin se hacía casi imposible, por lo que llegar hasta él supondría ahora un esfuerzo doble o triple.
De todas maneras, aquí estaba. Ya era hora de dejarse de autocompasión y empezar a caminar.
Sus primeros pasos serían inseguros, se tambalearía y tal vez sus rodillas probarían más de una vez el suelo tras tropezarse. Ya le había pasado una vez, nada más comenzar se cayó y prefirió quedarse hecha un ovillo, dolorida, maldiciéndose por ser tan torpe. Ahora había conseguido alzarse de nuevo, y era consciente de que le volvería a suceder, pero se negaba a rendirse, pues tirar la toalla era más doloroso que cien mil caídas más.
Nadie dijo que los comienzos fuesen fáciles. Probablemente nadie valoraría su trabajo al principio: es fácil criticar sin pararse a pensar en todo el esfuerzo que ese trabajo lleva escondido detrás.
Pero había encontrado un lema que aplicaría en todo momento. Como decía Boxer: Trabajaré más fuerte.
miércoles, 13 de junio de 2012
Odiaba el amor, lo odiaba como no puedes imaginar.
En realidad nunca lo odié, odiaba pensar que no podría
compartir esos sentimientos con nadie.
Soñaba con poder escuchar canciones de amor y sentir
realmente lo que cantaban.
Soñaba con querer.
Aspiraba los días como lo hacen los soñadores, esperando su
turno de noche. Construía a mi alrededor un mundo idealizado, hecho de
esperanzas.
Esperanzas que tú fuiste recogiendo y me devolviste,
convirtiéndolas en promesas de una utopía tangible. Si el destino existe, me atreveré a decir que
es caprichoso o, cuando menos, sabio.
Pero nadie me dijo que el amor podía esconder el miedo en su
reverso. Una vez lo tienes, perderlo es un pensamiento inconcebible. Mi
corazón, insensato de él, me susurra con latidos acelerados al oído, intentando
impedir que escuche los pocos pensamientos cuerdos que salen de mi mente. Pues
ella es la única que lucha contra los sentimientos.
Sin embargo el brillo de tus ojos ciega mi razón, y el saber
que soy el motivo de tu sonrisa y de tu mirada rutilante me embriaga.
Tengo miedo de tenerte y herirte, de perderte. Al fin y al
cabo soy una simple aprendiz en este arte, y todos al principio cometemos
errores, pero no quiero cometerlos contigo. Tal vez esa obsesión mía por la
perfección es lo que me marchita.
Solo quería pedirte perdón por robarte el corazón pero
no un beso.
lunes, 16 de abril de 2012
La búsqueda.
Miles de voces se agolpaban en mi mente formando un murmullo bastante molesto, parecía que aquello me impedía pensar con claridad. Intenté revolver entre mis recuerdos, pero no, allí no estaba.
¿Dónde podía haberse metido aquello que años atrás había perdido?
Salí a la calle, convencido de que allí lo hallaría.
En cuanto me adentré en aquel mar de personas, ignorantes de la situación en la que me encontraba, cada uno en su mundo interior, con sus problemas, sus felicidades, con sonrisas dibujadas en la cara o lágrimas cayendo silenciosamente por las mejillas, sentí una sensación solo comparable con el vacío, el vacío que se siente cuando no sabes quién eres realmente, qué ha sio de tus sueños, de tu vida...
Avancé lentamente entre el bullicio, tenía la ligera sensación de que el mundo a mi alrededor se movía con gran rapidez, pero ante mis ojos, lo único que veía eran cuerpos inanimados, movidos por el viento. Yo era uno de ellos, pero no iba a permitir que el mundo manejase mis hilos de títere.
Inesperadamente percibí un dolor punzante en el hombro, tan absorto como iba, no me dí cuenta de que acababa de tropezar con la elevación que habían formado las baldosas del suelo al resquebrajarse y mi hombro fue a parar al mango del paraguas que un hombre de edad avanzada utilizaba a modo de bastón. Me disculpé y me mantuve en pie allí unos instantes, tratando de tomar una decisión.
Pensé que la mejor elección sería sentarme y esperar a que el dolor calmara, así pues, me senté, allí mismo, en el escalón de una finca cualquiera, en una calle desconocida para mí, al fin y al cabo ¿qué importa el nombre de las cosas si no puedes entrever su esencia, eso que hace especiales los objetos, los lugares, las personas... eso que las hace inconfundibles?
Estaba desesperado, pues aquella interminable búsqueda m estaba dejando sin fuerzas, y lo peor de todo, mi esperanza iba mermando, tal y como el fuego va consumiendo un cigarrillo, convirtiéndolo en simple humo y ceniza.
Paseé mi mirada por la multitud, en busca de una señal que me indicase que había alguien allí, sin embargo lo único que conseguí fue que mi enfado pasase a ser cólera, me alcé, y le gité al mundo, ¿dónde estaban todos? ¿dónde estaban las risas, las miradas de ternura, las lágrimas de verdadera tristeza? ¿Pues qué era aquello que los títeres mostraban en sus rostros sino una simple mueca pintada en sus caras?
Ya de vuelta a casa, con el rostro empapado en llanto, pero aún así atento, porque aún quedaba un rayo de esperanza, cuando estaba a punto de rendirme lo ví, ví el brillo en sus ojos, ese brillo que me decía que aquel hombre, era pobre, pero rico al mismo tiempo, pues había encontrado lo que yo andaba buscando.
Así que me acerqué a él:
-Amigo, no tengo limosna para darte, lo he perdido todo, me he perdido incluso a mí mismo. Aunque...-dije mientras me quitaba la chaqueta- toma, supongo que es mejor que nada.
El mendigo alzó la vista hacia mí, pero no dijo una sola palabra, le tendí mi chaqueta, y, al ver que no hacía ademán de cogerla, se la eché sobre los hombros.
-Gracias- murmuró él para mi sorpresa, pues yo ya pensaba que le había privado del habla.
-¿Me... me podrías ayudar? ¿Dónde lo encontraste?- le pregunté al fin.
El hombre no dijo nada pero, esta vez, alzó su mano y señaló al escaparate de una tienda. Yo, perplejo, me apróximé a la vitrina, estaba repleta de anticuados juguetes, ya en desuso, que hace años habrían hecho las delicias de los más pequeños.
"¿En una tienda de antigüedades?"`pensé.
Y entonces lo ví, estaba justo frente a mí, empapado por la lluvia, sin chaqueta, muerto de frío. UN chico delgado, de ojos verdes, pelo negro y lacio, mirándome directamente a los ojos, e inesperadamente, sus labios se tensaron formando una línea curva, una tenue sonrisa.
Me dí la vuelta para darle las gracias a aquel hombre, pero había desaparecido sin dejar rastro, solamente mi chaqueta, colgada sutilmente en el extremo del banco que estaba situado a mi derecha daba prueba de que no eran imaginaciones mías.
Volí a sonreír y dí las gracias al viento, para que éste las llevase dondequiera que él estuviese ahora.
Miré por última vez al reflejo de la vitrina.
Ahí estaba, yo.
Me había encontrado por fin.
¿Dónde podía haberse metido aquello que años atrás había perdido?
Salí a la calle, convencido de que allí lo hallaría.
En cuanto me adentré en aquel mar de personas, ignorantes de la situación en la que me encontraba, cada uno en su mundo interior, con sus problemas, sus felicidades, con sonrisas dibujadas en la cara o lágrimas cayendo silenciosamente por las mejillas, sentí una sensación solo comparable con el vacío, el vacío que se siente cuando no sabes quién eres realmente, qué ha sio de tus sueños, de tu vida...
Avancé lentamente entre el bullicio, tenía la ligera sensación de que el mundo a mi alrededor se movía con gran rapidez, pero ante mis ojos, lo único que veía eran cuerpos inanimados, movidos por el viento. Yo era uno de ellos, pero no iba a permitir que el mundo manejase mis hilos de títere.
Inesperadamente percibí un dolor punzante en el hombro, tan absorto como iba, no me dí cuenta de que acababa de tropezar con la elevación que habían formado las baldosas del suelo al resquebrajarse y mi hombro fue a parar al mango del paraguas que un hombre de edad avanzada utilizaba a modo de bastón. Me disculpé y me mantuve en pie allí unos instantes, tratando de tomar una decisión.
Pensé que la mejor elección sería sentarme y esperar a que el dolor calmara, así pues, me senté, allí mismo, en el escalón de una finca cualquiera, en una calle desconocida para mí, al fin y al cabo ¿qué importa el nombre de las cosas si no puedes entrever su esencia, eso que hace especiales los objetos, los lugares, las personas... eso que las hace inconfundibles?
Estaba desesperado, pues aquella interminable búsqueda m estaba dejando sin fuerzas, y lo peor de todo, mi esperanza iba mermando, tal y como el fuego va consumiendo un cigarrillo, convirtiéndolo en simple humo y ceniza.
Paseé mi mirada por la multitud, en busca de una señal que me indicase que había alguien allí, sin embargo lo único que conseguí fue que mi enfado pasase a ser cólera, me alcé, y le gité al mundo, ¿dónde estaban todos? ¿dónde estaban las risas, las miradas de ternura, las lágrimas de verdadera tristeza? ¿Pues qué era aquello que los títeres mostraban en sus rostros sino una simple mueca pintada en sus caras?
Ya de vuelta a casa, con el rostro empapado en llanto, pero aún así atento, porque aún quedaba un rayo de esperanza, cuando estaba a punto de rendirme lo ví, ví el brillo en sus ojos, ese brillo que me decía que aquel hombre, era pobre, pero rico al mismo tiempo, pues había encontrado lo que yo andaba buscando.
Así que me acerqué a él:
-Amigo, no tengo limosna para darte, lo he perdido todo, me he perdido incluso a mí mismo. Aunque...-dije mientras me quitaba la chaqueta- toma, supongo que es mejor que nada.
El mendigo alzó la vista hacia mí, pero no dijo una sola palabra, le tendí mi chaqueta, y, al ver que no hacía ademán de cogerla, se la eché sobre los hombros.
-Gracias- murmuró él para mi sorpresa, pues yo ya pensaba que le había privado del habla.
-¿Me... me podrías ayudar? ¿Dónde lo encontraste?- le pregunté al fin.
El hombre no dijo nada pero, esta vez, alzó su mano y señaló al escaparate de una tienda. Yo, perplejo, me apróximé a la vitrina, estaba repleta de anticuados juguetes, ya en desuso, que hace años habrían hecho las delicias de los más pequeños.
"¿En una tienda de antigüedades?"`pensé.
Y entonces lo ví, estaba justo frente a mí, empapado por la lluvia, sin chaqueta, muerto de frío. UN chico delgado, de ojos verdes, pelo negro y lacio, mirándome directamente a los ojos, e inesperadamente, sus labios se tensaron formando una línea curva, una tenue sonrisa.
Me dí la vuelta para darle las gracias a aquel hombre, pero había desaparecido sin dejar rastro, solamente mi chaqueta, colgada sutilmente en el extremo del banco que estaba situado a mi derecha daba prueba de que no eran imaginaciones mías.
Volí a sonreír y dí las gracias al viento, para que éste las llevase dondequiera que él estuviese ahora.
Miré por última vez al reflejo de la vitrina.
Ahí estaba, yo.
Me había encontrado por fin.
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